En una de las cuevas de Montsoriu viven tres serpientes que llevan un diamante en la boca y que sólo se dejan ver cuando van a beber a alguna fuente. Lo que entonces pudiera robarlos sería rico y feliz para toda la vida.

Dentro de la cueva, las tres serpientes guardan tres lavanderos llenos de monedas encantadas. El hechizo dice que se puede deshacer yendo la noche de San Juan a las doce en punto y llevando pan mojado con leche para alimentar a las serpientes, y agua bendita.

Se dice que una mujer de un lugar muy pobre fue al castillo a encontrar a la bruja. La bruja sintió compasión de la mujer, y allí mismo le dio habas; la mujer llenó los sacos de habas y al llegar a casa el contenido de los sacos se había convertido en oro y plata.

Llegaron en Breda dos forasteros buscando un par de valientes que los acompañaran al castillo de Montsoriu, con la promesa de una parte de las riquezas que encontraran. A la hora señalada llegaron al lugar del hechizo. Los acompañantes, atemorizados por el ruido de armas y trompetas y por la voz y el aspecto de los personajes antiguos y animales maléficos que aparecieron al conjuro de los forasteros, huyeron asustados. Al cabo de un rato, vieron bajar del castillo los forasteros cargados de sacos, de los que sacaron dos monedas de oro, con las que pagaron el pequeño servicio de los dos vecinos.

Cada año, el día de San Juan, cuando el campanario de Breda toca la primera campanada de la medianoche, se abre una puerta del castillo que se comunica con una cámara llena de trigo y salvado. El que quiera hacerse dueño debe ir esta noche, caminando hacia atrás y con las manos ocupadas, una con una vela encendida y la otra con una calavera. Debe tomar el grano con los dientes, meterlo dentro de un saco e ir deprisa porque cuando se acaba el sonido de la duodécima campanada la puerta vuelve a cerrarse. Si logra salir, no puede mirar el saco hasta haber pasado el arroyo. Si lo hace así el grano se habrá convertido en oro. Si, en cambio, la curiosidad lo ha hecho curioso, sólo tendrá arena. Y si por mala suerte no ha podido salir, tendrá que esperar el próximo año cuando vuelva a tocar la primera campanada de la noche de San Juan en el campanario de Breda.